Ritual de purificación

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Ritual de purificación

La gran fogata

Los cultos populares son propicios para el sincretismo, y esto permite que se vinculen entre sí ritos opuestos. El sentido purificador atribuido al fuego se mezcla con el rito estival de la fogata de San Juan. El martirio de los santos Pedro y Pablo se confunde con las ordalías en que se quemaban presuntos cómplices del diablo. La muerte por crucifixión y decapitación se asocia de este modo con el sacrificio en la hoguera.

Así, en cada barrio los vecinos arman una gran pira con ramas, maderas, papeles y cuanto encuentran en sus casas, todas cosas de las que se querían deshacer como símbolo de renacimiento y renovación. En lo alto de la fogarata no suele faltar "el muñeco", una figura humana hecha al modo de los espantapájaros, que es quemado como expiación colectiva, o para rendir homenaje a mártires inocentes –Giordano Bruno, Santa Juana de Arco–. Hasta suele atribuirse festivamente al muñeco la identidad de algún vecino del barrio, como signo de popularidad más que de agravio.

La ceremonia del encendido se vincula con otros rituales aprendidos en las novelas o en el cine: Hordas de muchachitos disfrazados irrumpen por una calle lateral portando antorchas encendidas, rodean la pira y la encienden por todos sus costados.

Después acontece la tertulia familiar. Con el rostro ardiendo por el calor del fuego, y con las espaldas heladas por el frío de la noche invernal, chicos y grandes rodean el fuego, encienden cohetes, bengalas y cañitas voladoras. En otros lugares se aprovecha el rescoldo de un fuego más moderado para introducir entre las cenizas patatas y castañas que se comerán hacia el final de la fiesta. Una nueva fiesta a la vez pagana y religiosa, habrá quedado para siempre en el recuerdo, que volverá, cálido y emocionado, cuando con el paso de los años el adulto y el viejo vean a otros chicos y muchachos continuar esa tradición querida. La sacralidad tan primitiva como auténtica del ritual del fuego habrá intentado una vez más un conjuro mágico que permita alcanzar lo inasequible:

esa trascendencia que –a veces sin sospecharlo–, anhelamos todos los hombres.